El fin de mi era post-PC
Hace un año decidí dar el salto a la era post-PC comprándome un iPad Pro de 12.9 pulgadas y un año después he tomado la decisión de venderlo para volver a macOS. Hoy explico las razones que me ha llevado a ello.
Por aquel entonces mi ecosistema de equipos de escritorio me “permitía” disponer de un iPad para tareas ofimáticas o de ocio, e incluso a duras penas para algunas tareas más técnicas como el desarrollo o la administración de sistemas Linux. El iPad es una herramienta excelente para tareas triviales y si por cualquier motivo necesitaba de alguna tarea más específica ahí estaba el MacBook Air con todo mi arsenal técnico.
Pero hace unos meses tuve que dejar mi preciado MacBook Air por un portátil HP con Windows 7, las consecuencia de un cambio de puesto de trabajo y de rol. Ahora no soy el administrador de sistemas de mi empresa así que no tengo capacidad de decisión sobre el hardware ni sobre el software que viene instalado en mi portátil HP. Ambos mundos vienen definidos por una serie de políticas corporativas que sin lugar a dudas son las que deben ser, ahora hay equipos de personas velando por el buen funcionamiento de todo el parque de dispositivos de la compañía y las decisiones son las necesarias para que todo funcione. Aunque después de haber probado las mieles de ser la persona que decidía sobre estos aspectos ahora me está resultando duro.
La solución rápida fue utilizar el iPad Pro como reemplazo al HP. Pero fue en este momento donde quedó en evidencia que no iba a ser posible.
iOS, el problema
Hace tiempo que el problema quedó retratado y en algún que otro foro ya lo había dicho, si bien el iPad Pro es una pieza de hardware impresionante y capaz de mucho su talón de Aquiles se llama iOS. Para tareas básicas en un hogar o en un entorno corporativo sin mucha exigencia se desenvuelve con soltura y sin problemas. Pero en cuanto quieres pedir ese punto extra a una máquina que sin problemas puede hacerlo y en el que, yo personalmente, he considerado que por el precio que había pagado debía ofrecérmelo, ahí estaba iOS (Apple al final del todo, no nos engañemos) para decir no.

iOS es un problema, procesos que en cualquier otro lado son triviales y simples en iOS se complican en exceso. Complicado instalar nada fuera de la App Store, imposible tener una línea de comandos del sistema, imposible virtualizar, imposible leer/copiar un fichero de/a un USB, imposible una gestión de ventanas decente, no se adapta a las resoluciones de monitores externos, no se puede añadir el equipo al dominio y un largo etcétera. Efectivamente algunas de estas cosas pueden verse como tareas bastante específicas, pero es que es lo que yo considero que un iPad, no generalista, como el Pro debería ser capaz de hacer. Y es lo que un sistema operativo pensado para móviles no es capaz de hacer.
Porque, seamos sinceros, hay muchas máquinas en las que puedes hacer lo que iOS deja hacer sin hacer el desembolso de un iPad Pro. Para multimedia, ofimática y ocio casual ya existen dispositivos perfectamente válidos y con una experiencia de usuario excelente en algunos casos y muy buena en otros: un iPad no-Pro, MacBook no-Pro y ejército de portátiles con Windows 10. Correcto que el hardware no es el mismo, pero ¿Para que quiero tener una bestia de hardware si luego el sistema operativo no es capaz de gestionarlo? Es como si monto un motor de un Ferrari de 300.000€ en un coche de 10.000€ y no adecúo el resto del coche a ese motor, en rendimiento bruto tendré un motor de Ferrari pero la sensación del que conduce es de desaprovechamiento constante.
Regreso a macOS
En el momento de escribir estas líneas estoy en esas agónicas horas de espera para tener mi nuevo MacBook Pro de 13 pulgadas en casa, el verdadero sucesor esperitual de mi viejo MacBook Pro de 13 pulgadas de principios de 2011 y el cual vendí hace muy poco. Regreso a macOS, para mi, el sistema operativo en el que más cómodo me encuentro después de haber probrado unos cuantos.
Así que mi iPad Pro queda a la venta para financiar la compra del MacBook Pro. Pongo punto y final al experimento que inicié hace poco más de un año con un sabor agridulce.
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